La infantilización de la sociedad: Desafíos de la pseudo-adultez moderna

La infantilización de la sociedad, o por qué no queremos crecer

¿Por qué cuesta tanto madurar? La sobreprotección y el mercado crean adultos dependientes que temen decidir. Claves y consecuencias de la pseudoadultez.

Cada vez tratamos más a los adultos como si fueran niños. Y cada vez más adultos se dejan tratar así. Esa dinámica crea personas dependientes, que necesitan constantemente que alguien les diga qué hacer, qué pensar y qué temer. Es lo que se ha llamado la infantilización de la sociedad, y no es un invento reciente. Autores como Neil Postman o Benjamin Barber ya la describían hace décadas.

La juventud ha dejado de ser solo una etapa biológica. Hoy es también una identidad, un estilo de vida y, sobre todo, un producto que se vende. Y el adulto desmotivado de nuestro tiempo ya no se parece al obrero explotado ni a la ama de casa agotada de otras épocas.

Lo que vemos ahora es otra figura, la del pseudoadulto. Alguien muy seguro de lo que le ofende y poco dispuesto a entender lo que le incomoda. Un «niño grande» que ha pasado de ser protegido por sus padres a ser validado y mimado por su entorno. El psicólogo Jeffrey Arnett bautizó esta etapa intermedia como «adultez emergente»; el sociólogo James Côté fue más duro y la llamó «adultez detenida».

Pongamos un caso real. Una empresa de reformas de La Pobla de Segur cambia la ventana de una habitación y se olvida de poner los cristales. Esa noche llega una tormenta y la habitación se inunda. Cuando el propietario reclama, la empresa no pide perdón ni ofrece arreglarlo. Se pone a la defensiva y le echa la culpa a él, porque debería haberlo revisado, porque no avisó de que iba a llover o porque la ventana ya estaba mal. Un adulto asume el error y lo repara. Un pseudoadulto busca a quién culpar para no tener que hacerlo.

Lo que dice (y lo que no dice) la ciencia sobre los padres helicóptero

En 2018, Nathan Winner y Bonnie Nicholson, de la Universidad del Sur de Mississippi, publicaron un estudio sobre la sobreparentalidad, lo que popularmente llamamos «crianza helicóptero», es decir, padres bienintencionados pero excesivamente implicados e intrusivos en la vida de sus hijos.

Analizaron a 380 universitarios de entre 18 y 26 años y encontraron algo revelador. Cuando la sobreprotección viene acompañada de control psicológico (hacer sentir culpa, retirar el afecto como castigo), aparecen más rasgos narcisistas en los hijos. Tanto el narcisismo grandioso, el del que se cree superior, como el vulnerable, el del que se hunde ante cualquier crítica.

Conviene no exagerar lo que demuestra el estudio. Es una muestra de universitarios estadounidenses, mide correlaciones y no prueba causa y efecto. Tampoco analiza escuelas, medios ni publicidad. Pero encaja con otras investigaciones que asocian la crianza helicóptero con menor bienestar psicológico y con un mayor sentimiento de que el mundo te debe algo.

La idea de fondo tiene sentido. Si nunca te dejan enfrentarte a un problema por ti mismo, nunca aprendes a resolverlo. Y llegas a la vida adulta sin la musculatura emocional que esta exige. Jonathan Haidt y Greg Lukianoff lo desarrollan a fondo en La transformación de la mente moderna, donde sostienen que esa sobreprotección se ha extendido de las familias a universidades e instituciones.

Quién se beneficia de que no crezcamos

Los medios, el Estado, el mercado y la publicidad moldean cómo vivimos cada etapa de la vida. Y muchas veces ocupan el lugar que antes tenía la figura paterna.

Los informativos son un buen ejemplo. Cuantas más noticias de crímenes consumimos, más miedo al delito sentimos, aunque la delincuencia real no haya subido. Lo demostraron los estudios sobre cultivo mediático. La televisión no te dice qué pensar, pero sí cuánto temer. Una sociedad asustada es una sociedad que pide protección.

El entretenimiento sin reflexión, la obsesión por los tratamientos rejuvenecedores o el bótox apuntan, en mi opinión, en la misma dirección, la de una huida colectiva de la edad.

Suele decirse también que las ayudas públicas hacen que la gente no quiera trabajar. Es una idea muy extendida, pero los datos no la respaldan tanto como parece. Un análisis de siete experimentos con transferencias de dinero en seis países no encontró que redujeran ni las ganas de trabajar ni las horas trabajadas. Son países en desarrollo y el debate sigue abierto en Europa, pero el tópico del «vago subvencionado» es más ideología que evidencia.

Y en España hay un factor que no podemos ignorar. Los jóvenes españoles se independizan de media a los 30 años, frente a los 26,2 de la Unión Europea, según Eurostat, que lo atribuye en parte al precio de la vivienda. Parte de esa adultez retrasada no es inmadurez, es que no salen las cuentas.

La infantilización también llega a la forma de criar. La exposición constante, y a veces comercial, de los hijos en redes sociales, el llamado sharenting, muestra la cara más problemática de una parentalidad que busca validación.

El miedo a hacerse adulto

El individualismo, la falta de vínculos sólidos y la obsesión por el presente, lo que Zygmunt Bauman llamó «modernidad líquida», han generado un auténtico rechazo psicológico a la edad adulta.

Vivimos con una libertad que permite infinitas posibilidades. Pero esa libertad también angustia, porque es imposible elegirlas todas. El psicólogo Barry Schwartz lo llamó «la paradoja de la elección». Cuantas más opciones, más miedo a equivocarse.

Ante esa presión, muchos adultos se refugian en el mundo juvenil, donde todo parece seguir abierto. La juventud se vende como la época de las posibilidades ilimitadas, y el adulto que la imita compra la sensación de que todavía tiene tiempo. Comprometerse con algo, en cambio, significa renunciar a todo lo demás.

Antes la vida venía con mapa

En las sociedades preindustriales, nacías dentro de una estructura que se vivía como natural e inmutable. El paso a la adultez estaba marcado por ritos de iniciación claros. Después de ellos, eras adulto, con todo lo que implicaba.

El camino estaba trazado. Tu tarea era demostrar que podías cumplir con tu papel. Había menos libertad, pero mucha más pertenencia y dirección.

La industrialización rompió ese esquema. La identidad dejó de ser un destino heredado y se convirtió en un proyecto personal que cada uno tiene que construir, como explicaron Anthony Giddens y Ulrich Beck. Al principio fue fascinante. Con el tiempo se volvió agotador, una libertad cansada en la que elegir es una obligación permanente.

Una generación atrapada entre la libertad y el miedo

Esta generación vive una paradoja: una libertad aparentemente ilimitada y, a la vez, un temor profundo. Cada elección esconde un riesgo y cada camino parece demasiado incierto.

En parte, es fruto de la crianza recibida. Padres que allanaron el camino de sus hijos y les dieron las soluciones hechas han criado adultos que esquivan la madurez porque los retos les parecen demasiado arriesgados.

La estrategia es evitar la incertidumbre a toda costa, aunque eso suponga no arriesgarse nunca. Las decisiones se viven como provisionales en el trabajo, en los estudios y en las relaciones. Freud lo habría explicado como el triunfo del principio del placer sobre el principio de realidad. Lo inmediato gana siempre a lo importante.

Así, la juventud deja de ser una edad y se convierte en algo que se posee y se consume, como la belleza, el éxito o el dinero. Ser joven ya no depende de cuántos años tienes, sino del estilo de vida que te puedes permitir.

El presentismo y la pseudoadultez

En una sociedad globalizada y obsesionada con el aquí y ahora, vivir en el presente se convierte en la salida fácil para no enfrentarse a la incertidumbre. El filósofo Gilles Lipovetsky ya lo anticipó en La era del vacío.

El problema es que, llevado al extremo, el presentismo cancela todo lo que antes indicaba madurez: los proyectos a largo plazo, los compromisos, la responsabilidad. El resultado es una adultez de fachada, inestable e irresponsable.

Hace poco pasó algo así en Tremp. Un repartidor se equivoca y entrega en una librería un paquete que pertenece a la competencia. La librería lo abre y da de alta el contenido en su sistema como si fuera suyo. Es el presentismo en estado puro, porque se piensa en la ganancia inmediata y no en lo que vendrá después. Y lo que vino después fue que el dueño del paquete se enteró y fue a buscarlo. Ahí es donde un adulto habría asumido el error, pedido disculpas y cuidado su reputación en un pueblo donde todo el mundo se conoce. La librería hizo lo contrario. Respondió con prepotencia y soberbia, como si el culpable fuera quien venía a reclamar lo que era suyo. Por fuera, un negocio adulto. Por dentro, la reacción de un niño pillado en falta.

El adulto contemporáneo se queda así en transformación perpetua, sosteniendo un abanico de opciones sin concretar ninguna. Le producen miedo, desconcierto y fascinación a partes iguales. Al fin y al cabo, soñar con algo siempre parece más atractivo que hacerlo realidad.

No todo lo infantil es malo

No se trata de demonizar todo lo que recuerda a la infancia. Jugar a videojuegos, ver dibujos o disfrutar de aficiones «de niños» es perfectamente válido en un adulto, siempre que no se use para huir de las responsabilidades.

Lo infantil también puede ser un refugio sano frente a la presión del trabajo, del consumo y de las exigencias sociales. Bien gestionado, aporta tranquilidad y estabilidad emocional. La clave no está en la actividad, sino en para qué la usas, si para descansar o para escapar.

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Fuentes

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