El fenómeno incel entre la vulnerabilidad y la violencia

El fenómeno incel entre la vulnerabilidad y la violencia

Análisis del fenómeno incel entre vulnerabilidades psicológicas discursos de odio radicalización y evaluación del riesgo real de violencia.

El fenómeno incel no se entiende bien si se reduce a hombres frustrados porque no consiguen mantener relaciones sexuales. El término procede de involuntary celibate y actualmente identifica, sobre todo, a una subcultura masculina formada alrededor de la percepción de incapacidad para establecer relaciones sexuales o afectivas. El problema comienza cuando esa experiencia personal deja de interpretarse como una dificultad individual y se transforma en una explicación global del mundo en la que las mujeres, el feminismo o determinados hombres considerados sexualmente exitosos aparecen como responsables de la propia exclusión.

Desde una perspectiva criminológica, atribuir el fenómeno a una única causa sería un error. La conducta humana es multicausal y debe analizarse atendiendo simultáneamente a factores personales, sociales, culturales y ambientales, evitando convertir simples correlaciones en explicaciones causales. En este sentido, la investigación encuentra entre algunos hombres que se identifican como incels mayores niveles de depresión, ansiedad, soledad, percepción de victimización y menor satisfacción vital que entre otros hombres de edades similares. Costello et al. (2022), en una muestra de 151 incels y 378 hombres no incels, encontraron diferencias significativas en estas variables. Estos datos describen vulnerabilidad psicológica, pero no permiten afirmar que la depresión, la ansiedad o el aislamiento conviertan a una persona en misógina o violenta. La mayoría de quienes sufren problemas de salud mental no ejercen violencia, del mismo modo que la mayoría de los hombres que se identifican como incels tampoco han cometido actos violentos. 

La investigación posterior permite observar con mayor precisión cómo pueden relacionarse esas vulnerabilidades con determinadas creencias. Whittaker et al. (2024) estudiaron a 561 hombres que se identificaban como incels en Estados Unidos y Reino Unido. El 38,9 % superaba el punto de corte utilizado para depresión moderada o grave, el 43 % presentaba puntuaciones clínicamente relevantes de ansiedad y el 21,6 % declaró haber experimentado pensamientos suicidas casi diariamente durante las dos semanas anteriores. La misma investigación encontró niveles elevados de victimización percibida, rumiación de ira, sexismo hostil y aceptación de determinados mitos sexuales. Lo relevante no es interpretar estos elementos aisladamente, sino observar su interacción. El análisis estadístico mostró que la salud mental y la adhesión ideológica tenían una capacidad predictiva sobre las actitudes potencialmente dañinas superior a la mera participación en redes y foros incel. 

Aquí aparece uno de los mecanismos centrales del fenómeno. La frustración puede encontrar en determinadas comunidades digitales una narrativa que ofrece identidad, pertenencia y una explicación sencilla de experiencias complejas. La llamada black pill sostiene, de forma fatalista, que el éxito sexual y afectivo estaría prácticamente determinado por características físicas y por un supuesto mercado sexual dominado por mujeres hipergámicas que concentrarían su interés en una minoría de hombres. La consecuencia psicológica de esta narrativa es importante porque transforma un fracaso percibido en una injusticia estructurada alrededor de culpables externos. La persona deja de interpretar el rechazo como una experiencia interpersonal concreta y puede comenzar a verlo como prueba de un sistema deliberadamente construido contra hombres como él.

Los grupos digitales pueden reforzar ese marco interpretativo mediante mecanismos de socialización, identificación grupal y validación recíproca. O’Malley et al. (2022), después de analizar más de 8.000 publicaciones de dos comunidades incel, identificaron un sistema subcultural organizado alrededor de ideas sobre el mercado sexual, la supuesta naturaleza negativa de las mujeres, la legitimación de determinadas concepciones de masculinidad, la percepción de opresión masculina y la violencia. Estudios posteriores sobre millones de mensajes han confirmado además una presencia muy elevada de terminología misógina en determinados foros incel (Halpin et al., 2025). 

Este proceso conecta con lo estudiado sobre estereotipos y socialización de género. Los estereotipos no son únicamente opiniones aisladas, sino representaciones simplificadas que pueden transmitirse y reforzarse mediante diferentes agentes de socialización, incluidos los grupos de iguales, los medios y los entornos digitales. Cuando una comunidad presenta reiteradamente a las mujeres como manipuladoras, hipergámicas, superficiales o responsables colectivas del fracaso masculino, deja de juzgarse a individuos concretos y se construye una categoría social homogénea sobre la que puede proyectarse resentimiento. Esa generalización facilita mecanismos de deshumanización, atribución externa de culpa y legitimación moral de la hostilidad.

Sin embargo, tampoco sería correcto afirmar que internet transforma automáticamente a sus usuarios en extremistas. El estudio de Whittaker et al. (2024) encontró que la intensidad de la actividad en redes incel predecía actitudes perjudiciales, pero con un efecto reducido en comparación con la combinación de vulnerabilidad psicológica e identificación ideológica. Esto obliga a abandonar la explicación sencilla de la cámara de eco como causa suficiente. Internet actúa principalmente como infraestructura de encuentro, difusión y refuerzo. La radicalización depende de qué necesidades encuentra allí la persona, qué narrativa adopta y hasta qué punto esa narrativa pasa a formar parte de su identidad. 

También debe matizarse la frecuente identificación entre incels y extrema derecha. Existen conexiones discursivas entre determinados espacios de la manosfera, el antifeminismo, el supremacismo masculino y diferentes movimientos extremistas, pero no puede deducirse de ello que todos los incels compartan una misma orientación política. De hecho, la muestra de 561 participantes estudiada por Whittaker et al. (2024) se situó, de promedio, ligeramente a la izquierda del centro en la escala utilizada. Los sujetos que justificaban con mayor intensidad la violencia sí mostraban posiciones comparativamente más próximas a la derecha, pero la heterogeneidad política del conjunto impide convertir incel y extrema derecha en categorías equivalentes.

La cuestión más preocupante aparece cuando la victimización percibida evoluciona hacia la legitimación de la violencia. En el mismo estudio, el 19,1 % de los participantes consideraba que la violencia contra quienes percibían como responsables de causar daño a los incels estaba justificada algunas veces y otro 5,5 % consideraba que lo estaba con frecuencia. Son porcentajes relevantes desde la evaluación del riesgo, pero también muestran que la aprobación intensa de la violencia corresponde a una minoría y no puede proyectarse sobre todo el colectivo.

Algunos ataques cometidos durante las últimas décadas han estado vinculados a autores que habían expresado ideas incel o misóginas, lo que ha llevado a incorporar el fenómeno al análisis del extremismo violento. Sin embargo, incluso aquí es necesaria precisión conceptual. No existe consenso científico en considerar al conjunto del fenómeno incel como terrorismo. El propio informe británico reconoce el debate entre quienes entienden determinadas acciones como violencia ideológicamente motivada y quienes consideran que algunos casos responden mejor a patrones de violencia basada en agravios personales, misoginia o violencia masiva sin una finalidad política suficientemente definida. Convertir cualquier acto violento cometido por un incel en terrorismo produciría una inflación conceptual poco útil para la prevención. 

Existe además una distinción jurídica importante. En España, misoginia, violencia contra las mujeres y violencia de género no son conceptos jurídicamente intercambiables. La Ley Orgánica 1/2004 delimita la violencia de género a la ejercida contra una mujer por quien sea o haya sido su cónyuge o esté o haya estado ligado a ella por una relación análoga de afectividad. Por ello, una agresión misógina cometida contra mujeres desconocidas puede responder a violencia contra las mujeres o a una motivación discriminatoria sin constituir necesariamente violencia de género en el sentido específico de dicha ley.

La prevención exige, por tanto, algo más complejo que cerrar foros o censurar determinados términos. Debe actuar antes de que la frustración se consolide como identidad y la identidad encuentre una ideología que convierta el resentimiento en legitimación del daño. La atención a la depresión, la ansiedad, el aislamiento y la ideación suicida resulta necesaria, pero debe combinarse con intervención sobre distorsiones cognitivas, atribuciones hostiles, misoginia, aceptación de la violencia y modelos rígidos de masculinidad. Los programas de intervención sobre violencia estudiados en el ámbito criminológico ya parten de una lógica semejante al trabajar simultáneamente responsabilidad individual, creencias, poder, control, dimensiones emocionales y patrones aprendidos de conducta.

El error está en meter a todos los incels en el mismo saco. Ni son únicamente hombres aislados a los que la sociedad ha dejado atrás ni pueden considerarse una amenaza por definición. Dentro de estas comunidades aparecen perfiles muy distintos y también problemas diferentes, desde soledad, ansiedad o dificultades para relacionarse hasta discursos de agravio, misoginia y, en algunos casos, justificación de la violencia. Desde el punto de vista de la seguridad, lo importante es identificar cuándo ese malestar empieza a convertirse en hostilidad hacia otros y qué factores favorecen ese cambio. Eso permite centrar la atención en los casos de riesgo sin convertir el aislamiento o los problemas psicológicos en señales automáticas de peligrosidad.

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Referencias

Costello, W., Rolon, V., Thomas, A. G., & Schmitt, D. P. (2022). Levels of well-being among men who are incel (involuntarily celibate). Evolutionary Psychological Science, 8, 375–390. doi:10.1007/s40806-022-00336-x.

Halpin, M., Richard, N., Preston, K., Gosse, M., & Maguire, F. (2025). Men who hate women: The misogyny of involuntarily celibate men. New Media & Society, 27(1), 424–442. doi:10.1177/14614448231176777.

O’Malley, R. L., Holt, K., & Holt, T. J. (2022). An exploration of the involuntary celibate (incel) subculture online. Journal of Interpersonal Violence, 37(7–8), NP4981–NP5008. doi:10.1177/0886260520959625.

Whittaker, J., Costello, W., & Thomas, A. G. (2024). Predicting harm among incels (involuntary celibates): The roles of mental health, ideological belief and social networking. Commission for Countering Extremism.

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