Discoteca Alcalá 20: Un sótano preparado para arder

Discoteca Alcalá 20: Un sótano preparado para arder

El incendio de la discoteca Alcalá 20, fue un colapso en cadena de decisiones. Analizamos qué falló en la evacuación y qué lecciones siguen vigentes hoy.

Hay tragedias que se recuerdan por el número de víctimas y otras que deberían recordarse también por lo que enseñan. El incendio de la discoteca Alcalá 20 de Madrid pertenece a las dos categorías, aunque con los años la memoria colectiva ha conservado mucho mejor la cifra que la lección. Cuarenta y tantos años después, la pregunta útil no es qué pasó aquella madrugada en Madrid, sino por qué pasó exactamente así y por qué se sigue repitiendo con otros nombres y en otras ciudades.

El fuego se declaró a las 4:45 del 17 de diciembre de 1983, pocos minutos antes de la hora de cierre, en la planta subterránea más profunda del local, donde estaba la pista de baile. Murieron 81 personas, por quemaduras, por inhalación de humo y por aplastamiento en las avalanchas que se formaron contra las salidas. Esa última causa es la que más debería inquietarnos, porque no la produjo el fuego. La produjo el edificio y la produjo la forma en que alguien decidió gestionarlo.

Un sótano preparado para arder

Para entender lo que ocurrió hay que mirar el escenario antes de que llegara la primera chispa. La discoteca ocupaba los bajos del Teatro Alcázar, con tres plantas bajo tierra que se habían reformado meses antes para dar nueva imagen al antiguo Lido, y la obra se centró sobre todo en la decoración, con más de cinco mil kilos de textiles, plásticos y cartón piedra. Cinco toneladas de material combustible metidas en un sótano sin ventilación natural no son decoración. Son carga de fuego. Y cuando una reforma se plantea pensando solo en cómo se ve el local y no en cómo se evacúa, el riesgo no desaparece, simplemente queda escondido detrás de las cortinas.

Literalmente detrás de las cortinas. Un cortocircuito generó una chispa que prendió una cortina, y el fuego se extendió con rapidez porque los materiales decorativos eran muy inflamables. El origen fue banal, casi doméstico. Eso es lo primero que conviene retener. Las grandes catástrofes rara vez nacen de un acontecimiento extraordinario. Nacen de un fallo corriente que encuentra un entorno incapaz de absorberlo.

James Reason lo explicó con su conocido modelo del queso suizo. Cada sistema tiene varias capas de defensa, y cada capa tiene agujeros. Mientras los agujeros no se alinean, no pasa nada, y precisamente porque no pasa nada todo el mundo se convence de que el sistema funciona. En Alcalá 20 los agujeros estaban alineados desde mucho antes de esa noche. Una instalación eléctrica deficiente, una decoración inflamable, un aforo que se superaba, una iluminación que dependía de la red general y unas salidas que no servían para salir. El cortocircuito solo fue el último agujero.

La oscuridad como multiplicador

Al cortarse el suministro eléctrico, la única luz que quedaba era la que entraba de las farolas de la calle, había muy pocos medios para combatir el fuego y la gente intentó huir. Cientos de personas en un sótano laberíntico, con humo denso y sin luz, a las cinco de la mañana y tras horas de música y alcohol. Es difícil imaginar unas condiciones peores para tomar decisiones.

Aquí aparece una idea que la investigación sobre comportamiento humano en incendios desmonta desde hace décadas, la del «pánico» irracional. Lo que suele observarse en estas situaciones no es una masa enloquecida, sino personas que actúan con bastante lógica dentro de la poca información que tienen. Y la lógica más habitual es volver por donde se entró. Los estudios de Jonathan Sime sobre evacuaciones mostraron que la gente tiende a dirigirse hacia lo familiar, hacia la puerta conocida y hacia las personas con las que ha venido, aunque exista una salida más cercana. Eso es exactamente lo que pasó. La mayoría eligió primero la salida principal, algunos lograron salir, pero el acceso se colapsó enseguida y se produjeron avalanchas y atropellos.

Cuando una sola puerta absorbe la presión de todo un local, el problema deja de ser el humo y pasa a ser la física. La densidad de personas alcanza un punto en que nadie controla su propio cuerpo, la presión se transmite en oleadas y basta un tropiezo en una escalera para que se forme un tapón humano. Por eso el diseño de una evacuación no consiste en tener salidas, sino en conseguir que la gente las conozca, las vea y pueda usarlas sin pensar.

Las puertas que no se abrían

Quienes buscaron las salidas de emergencia se encontraron en su mayoría con puertas clausuradas, y solo una, que daba a un vestíbulo de la calle Alcalá, permitió escapar a varios jóvenes, que aún así tuvieron que sortear unas verjas. Este es el punto en el que la tragedia deja de ser un accidente y se convierte en una cadena de decisiones humanas.

Una salida de emergencia cerrada nunca es un descuido inocente. Alguien la cierra por algún motivo, y en el ocio nocturno los motivos suelen repetirse. Evitar que entre gente sin pagar, impedir que salgan clientes sin abonar la consumición, controlar el acceso con menos personal o simplemente reducir problemas con los vecinos. Cada uno de esos motivos tiene sentido económico a corto plazo. Ninguno resiste la comparación con lo que cuesta el día en que hace falta esa puerta. Lo peligroso es que el riesgo se paga en una moneda distinta a la del beneficio. El ahorro es diario, visible y cobra el empresario. El coste es improbable, invisible y lo pagan otros.

La socióloga Diane Vaughan acuñó una expresión para este fenómeno tras estudiar el accidente del Challenger, la normalización de la desviación. Una práctica incorrecta se tolera una vez, no ocurre nada, se repite, tampoco ocurre nada, y al cabo de un tiempo ya nadie la percibe como desviación. Se convierte en «cómo se hacen las cosas aquí». Una puerta encadenada durante meses sin consecuencias deja de verse como un peligro y empieza a verse como parte del funcionamiento normal del local.

El rescate y las cifras

Los bomberos llegaron a las 4:57 y encontraron a varias personas intentando sacar a otras que pedían auxilio bajo una claraboya translúcida, y al romperla consiguieron rescatar a unos quince jóvenes. Doce minutos desde el inicio del fuego hasta la llegada de los primeros equipos. En un local con esa carga combustible y sin salidas operativas, doce minutos es una eternidad. Esa es otra lección que se olvida con frecuencia. La seguridad de un recinto no puede descansar en la respuesta exterior. Los primeros minutos dependen por completo de lo que el propio edificio y su personal sean capaces de hacer.

El desglose de las víctimas es elocuente. Treinta y una personas murieron directamente por el fuego, trece por inhalación de humo y treinta y seis aplastadas o asfixiadas mientras intentaban escapar, y la última víctima fue un vecino del edificio que cayó desde su terraza huyendo del humo. Casi la mitad de los fallecidos murió en el intento de salir. Si las salidas hubieran funcionado, una parte importante de esas muertes probablemente no se habría producido.

La responsabilidad repartida y diluida

La acusación se dirigió contra los cuatro propietarios, el electricista que hizo la instalación y el inspector del Ministerio del Interior que no advirtió las numerosas deficiencias del local. El juicio no empezó hasta finales de 1993, diez años después, y la sentencia de la Audiencia de Madrid de abril de 1994 condenó a los seis acusados a dos años de prisión por imprudencia temeraria con resultado de muerte, lesiones y daños, con indemnizaciones cercanas a los dos mil millones de pesetas y el Estado como responsable civil subsidiario. El Supremo confirmó lo esencial, pero rebajó la condena del inspector a un mes de arresto y una multa de cien mil pesetas al entender que su conducta solo constituía una falta de imprudencia, y el exconcejal del Ayuntamiento que llegó a juicio fue absuelto.

Ochenta y una vidas, diez años de espera y dos años de condena. Más allá de la valoración moral que cada uno haga, el resultado ilustra un patrón muy estudiado en las organizaciones, el problema de las muchas manos. Cuando un desastre es fruto de la suma de pequeñas omisiones de muchas personas, cada una de ellas puede argumentar con cierta razón que su parte no fue decisiva. El propietario confió en la licencia, el técnico en el propietario, el inspector en lo que le enseñaron y la administración en el inspector. Al final la responsabilidad existe, pero está tan repartida que casi no pesa en ninguna mano. Y un sistema en el que nadie siente el peso de la responsabilidad es un sistema que acabará repitiendo el error.

Por qué sigue pasando

Sería cómodo pensar que Alcalá 20 pertenece a otra época. Los datos dicen lo contrario. En la discoteca República Cromañón de Buenos Aires, en 2004, el tribunal dio por probado que faltaban medios de salida, que había un portón de emergencia cerrado con candado y alambre y que se dejó entrar a unas cuatro mil quinientas personas en un local habilitado para algo más de mil. Murieron 194 personas. En Murcia, en octubre de 2023, el incendio de dos discotecas contiguas costó trece vidas y volvió a abrir el debate sobre licencias, inspecciones y locales que funcionaban pese a tener orden de cierre. Cambian los países, cambian las normas, cambian los materiales. Lo que no cambia es la combinación de incentivos que lleva a un responsable a apostar a que esa noche no pasará nada.

La normativa ha mejorado de forma notable desde 1983. Hoy existen exigencias de alumbrado de emergencia, de sectorización, de reacción al fuego de los materiales y de cálculo de evacuación que entonces eran débiles o se aplicaban mal. Pero una norma no protege a nadie por sí misma. Protege cuando alguien la cumple a diario, cuando alguien la inspecciona de verdad y cuando el coste de incumplirla es mayor que el beneficio de hacerlo. Ninguna regulación sobrevive a una cadena puesta en la puerta equivocada.

Por eso la mirada útil sobre la seguridad empieza en las personas y en sus incentivos. Preguntar si un local tiene salidas de emergencia es insuficiente. Hay que preguntar si están abiertas a las cuatro de la mañana de un sábado lleno, quién decide cerrarlas, qué gana con ello y quién comprobaría si lo hace. Hay que preguntar si el personal sabe evacuar o solo sabe controlar la entrada. Hay que preguntar si el aforo se cuenta o se intuye. La diferencia entre un susto y una tragedia casi nunca está en el fuego. Está en esas respuestas.

Y hay algo que cualquiera puede hacer como cliente. Al entrar en un local, localizar con la mirada dos salidas distintas de la que se ha usado para entrar. Tarda tres segundos y rompe precisamente el sesgo que atrapó a tantas personas en Alcalá 20, el de buscar instintivamente la única puerta que ya conocíamos.

La próxima vez que entres en un local lleno, pregúntate si sabrías salir a oscuras, y si la respuesta es no, quizá el riesgo ya no sea del dueño, sino también tuyo.

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Referencias

Audiencia Provincial de Madrid (Sección 6.ª). (1994, 20 de abril). Sentencia núm. 104/1994 [Causa por el incendio de la discoteca Alcalá 20]. Boletín de Información del Ministerio de Justicia.

España. (1981). Real Decreto 2059/1981, de 10 de abril, por el que se aprueba la Norma Básica de la Edificación «NBE-CPI-81. Condiciones de protección contra incendios en los edificios». Boletín Oficial del Estado, 224, 21707-21727. https://www.boe.es/boe/dias/1981/09/18/pdfs/A21707-21727.pdf

España. (1982). Real Decreto 2816/1982, de 27 de agosto, por el que se aprueba el Reglamento General de Policía de Espectáculos Públicos y Actividades Recreativas. Boletín Oficial del Estado, 267, 30570-30582. https://www.boe.es/boe/dias/1982/11/06/pdfs/A30570-30582.pdf

Reason, J. (1990). Human error. Cambridge University Press.

Sime, J. D. (1985). Movement towards the familiar: Person and place affiliation in a fire entrapment setting. Environment and Behavior, 17(6), 697-724.

Tribunal Oral en lo Criminal Federal N.º 24 de la Capital Federal. (2009, 19 de agosto). Causa N.º 2517/08 [Incendio de la discoteca República Cromañón]. Poder Judicial de la Nación Argentina.

Tribunal Supremo (Sala de lo Penal). (1995, 17 de julio). Sentencia núm. 823/1995 [Recurso de Casación 1847/1994; Ponente: Excmo. Sr. D. Luis Puerta Luis]. Repertorio de Jurisprudencia Aranzadi.

Vaughan, D. (1996). The Challenger launch decision: Risky technology, culture, and deviance at NASA. The University of Chicago Press.

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